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Era un hombre cosmopolita y multifacético, lo que en el renacimiento hubieran llamado un “hombre universal”, y murió frente al Cantabrico, seguramente, como a él le hubiera gustado.Este espíritu universal e inquieto de Joaquín Vaquero Turcios (Madrid, 1933) escogió como último horizonte el del Cantábrico visto desde su ciudad de acogida,Santander.Desde aquí, mi pequeño homenaje… 

Uno de los artistas más destacados de la segunda mitad del siglo XX en España; asturiano por filiación y afectos, y cosmopolita exactamente por la misma causa: el fuerte vínculo que lo unió, como hijo, como discípulo y como sucesor -que tiene, a su vez, ya sucesores en sus cuatro hijos-, a su padre, el arquitecto y pintor ovetense Joaquín Vaquero Palacios.Vaquero Turcios siguió activo hasta que sus fuerzas se lo permitieron. De hecho, durante sus últimas semanas seguía preparando la individual en la galería pamplonica Fermín Echauri para la primavera, que será ya la primera individual póstuma del artista. 

Tampoco podrá ver rematada la reforma del estadio de El Molinón que proyectó, en otra de las facetas que desarrolló en una fecunda carrera en la que dialogaron, a veces indistinguiblemente, el arquitecto, el pintor, el grabador y el escultor. 

 

Pero el momento decisivo llegó a finales de la década de los cuarenta, cuando empezó a pintar durante unas vacaciones en Asturias, y bajo el inmenso peso de Roma, ciudad en la que residió durante 16 años a raíz del nombramiento de su padre como director de la Academia de España.
Allí estudió arquitectura, y allí y desde allí se empapó de las construcciones clásicas y de la inagotable riqueza arquitectónica italiana; pero también de la sutileza de la pintura al fresco y de la textura áspera y sensual de la piedra esculpida y labrada.
Su participación en las exposiciones universales de Bruselas (1958) y Nueva York (1964) consolidó su presencia en una constelación de creadores de todas las disciplinas –Oteiza, Chillida, Berlanga, Valverde, Amadeo Gabino, Molezún, Oíza, Picardo, Carvajal, De la Sota– interesados en difundir la imagen de «una España diferente a la oficial de entonces» y reconciliar las artes españolas con el espíritu de las vanguardias internacionales. 

Para entonces Vaquero Turcios ya había enfilado un camino decidido hacia la abstracción pictórica, como síntesis de todo lo acarreado por la experiencia, y hacia la inserción de lo plástico y lo arquitectónico en sus murales y esculturas monumentales. Dejan robusto testimonio de ello las centrales eléctricas de Grandas de Salime (1955) y Tanes; los murales «Orfeo», en el teatro Real de Madrid en 1967, o los realizados para el aeropuerto de Barajas un año después; su intervención en la cúpula de la Unión y el Fénix en Madrid (1970), los trabajos proyectados para las iglesias de los Sagrados Corazones o Las Ventillas o el masivo y triple «Monumento al descubrimiento de América» en la plaza de Colón. 

 

Y, en Asturias, en los rescatados murales para el demolido ambulatorio de Llano Ponte en Avilés, el de las oficinas ovetenses del Insalud y, sobre todo, la ineludible sierpe amarilla de «Cauce» -el popular «Cuélebre» de la autopista «Y» en las proximidades de San Andrés de Tacones. 

 

Respecto a la pintura, Vaquero Turcios la transformó también en un muro: «Una superficie plana, una estela de tacto pétreo y seco, con incisiones o grietas y algunas oquedades» en las que el rigor compositivo y el sentido de los volúmenes, la materia y las texturas del arquitecto cohabitaron con la energía y la delicadeza del colorista. En Asturias la última individual en su sala de referencia, Van Dyck, en 2008, dejaba claro que Vaquero Turcios seguía dispuesto a perseverar en sus «muros pintados» en pos de nuevos descubrimientos. 

 

 

 J.C.Gea_La nueva España

 

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